Textos y poemas adultos

Introduce un texto aquí...

El reencuentro

Llegaba el fin de semana y Leila como todos los días cogía el autobús para dirigirse a la universidad donde trabajaba desde que se graduó. También hacía trabajos de investigación cuando se lo pedían. Al llegar, saludó al portero y se dirigió a la biblioteca donde ya se encontraban varios estudiantes para entrar.

-Buenos días -saludo Leila, y los estudiantes le correspondieron.

Una vez dentro, abrió el ordenador y se puso a trabajar, sin embargo, a media mañana, sonó el teléfono: Ring, ring.

Leila lo cogió, y pensando que era su hija, dijo: «Hola, Sofía, ¿te ocurre algo?, normalmente me llamas a la hora del almuerzo». Una voz varonil le respondió:

-No, no soy Sofía, soy Philips, ¿es usted Leila Adams Miller?

Al escuchar que preguntaba por su nombre de soltera, fue tal su desconcierto que enmudeció por un instante, y cuando se repuso, contestó: «Perdón, creí que era mi hija la que llamaba, y sí, soy yo. ¿Cómo sabe mi nombre?, no conozco a ningún Philips, que yo recuerde.

Philips insistió: ¿No te acuerdas de mí?, soy Philips Morris, fui contigo al instituto en Pittstown, nuestro pueblo.

Leila respondió: «Sí, creo recordarte, pero ahora mi nombre es Leila Blake. ¿Cómo me has encontrado? Hace años que no voy a Pittstown, desde que murieron mis padres en un accidente hace diez años».

-Si aceptas venir a cenar, te lo contaré, ¿Qué te parece si me dices dónde vives y te recojo a las siete? -le propuso Philips.

-De acuerdo -respondió Leila, y después de darle la dirección, colgó.

Leila estuvo pensativa toda la mañana intentando recordar a Philips, al final y mientras tomaba el almuerzo, recordó su cara, nada más y nada menos que era aquel muchacho alto, rubio y con ojos azules que pertenecía al equipo de fútbol y del que todas estaban enamoradas, y quien nunca se hubiera fijado en ella, una estudiante de sobresalientes, delgada, morena y a la que no le interesaban las fiestas, solo su grupo de poesía; ella no era animadora ni pertenecía al grupo de las populares. ¿Por qué se interesará por mí después de tantos años?, se preguntó.

Pasó la tarde y llegó la hora de ir a casa, ese día no se quedó para seguir la investigación que estaba realizando sobre el libro español del Quijote.

Al llegar, se desnudo y se metió en la ducha, necesitaba refrescarse y aclarar sus ideas. Luego se miró en el espejo, su pelo, ahora teñido de caoba, realzaba el brillo de sus ojos marrones, su rostro, en el que apenas había arrugas, no delataba sus cincuenta y cinco años. Comenzó a arreglarse, desde que murió su marido de cáncer (hacía cuatro años), era la primera vez que tenía una cita. Buscó en el armario, y al final optó por un vestido veraniego de color celeste y cuello barco. Espero me quede bien, hace tiempo que no me lo he puesto, concretamente desde el último verano que pasé con Christian, pensó y luego exclamó: ¡Cuánto te añoro, querido mío!

Después de arreglarse, miró el reloj, aún faltaba media hora, fue al salón y buscó el álbum de fotografías del instituto, y ahí estaba Philips, arrogante, y junto a él, Amelia, la capitana de las animadoras.

Volvió a mirar el reloj, y como ya era la hora, cogió su bolso y bajó al portal en el ascensor. Al salir del portal y junto a la acera, estaba aparcado un precioso automóvil negro y muy reluciente, era un Charole deportivo del que inmediatamente salió un hombre alto, guapo y con el pelo blanco quien se le acercó y le preguntó: ¿Eres Leila Adams?

La misma -respondió y añadió-: ¿Supongo que tu eres Philips?

-Supones bien, contestó abriéndole la puerta del coche.

Una vez dentro, Leila preguntó:

¿A dónde vamos?

Philips tardó unos segundos en contestar, no podía apartar sus ojos de ella, en ese instante recordó como era en el instituto y que era lo que le atrajo de aquella muchacha. «Y ahora la tengo delante de mi convertida en una hermosa mujer», pensó.

Leila, que seguía esperando una respuesta, le volvió a preguntar y este, saliendo de su ensimismamiento, respondió:

-Lo siento, no puedo dejar de mirarte y arrancando el coche dijo: Es una sorpresa, espero te guste.

¿Al fin me vas a decir cómo me has encontrado?-preguntó Leila, a lo que Philips respondió:

-Hace dos meses me encontré en un congreso de empresarios a tu amigo Andrew y le pregunté por ti. Me puso al día sobre tu vida y me contó que viniste a estudiar a Nueva York, te casaste y te quedaste a trabajar en la biblioteca de la universidad. Llamé y contestaste; así te encontré.

Después de un largo silencio, llegaron al puerto y pararon frente al restaurante Pier A Harbor House situado en el popular Battery Park. Al entrar, un camarero saludó afectuosamente a Philips y lo codujo a una terraza privada en la segunda planta. Allí solo había una mesa que ya estaba preparada. Philips le preguntó qué quería beber y acto seguido comunicó al camarero que trajera dos copas de vino y la cena. Leila le preguntó:

- ¿Al final, te casaste con Amelia?

-Sí, me casé con ella, pero a los dos años me divorcié -y añadió-: Con Amelia lo dejé el verano que me fui a la universidad, durante la carrera apenas iba al pueblo, los estudios y el fútbol eran toda mi vida. Al terminar, regresé un verano con la intención de encontrarte y me dijeron que apenas salías cuando ibas. Me encontré con Amalia y después de un año me casé, pero realmente no estaba enamorado. Después del divorcio, volví a buscarte. Recuerdo como me gustaba mirarte en clase y escuchar cuando hablabas, pero en esa época era tan orgulloso y el miedo a la burla del resto... no me atreví a decirte lo que sentía realmente por ti, sabía que detrás de esas gafas, no solo había una mente prodigiosa, sino una bella muchacha. Un día pasé por la sala donde os reuníais para leer poesía y como estaba la puerta entreabierta me paré a escuchar, claro está, me aseguré de que no hubiera nadie en el pasillo, el azar quiso que en ese momento eras tú la que estabas recitando, y me quedé embobado escuchándote; desde ese día no te has ido de mi cabeza ni de mi corazón. Me instalé en Filadelfia y por mi trabajo he viajado mucho, he estado con mujeres, pero tú seguías dentro de mí, hasta que he dado contigo. Estás tan joven y hermosa que no puedo dejar de mirarte. ¿Y tú, sigues casada?

-Soy viuda, mi marido murió de cáncer. Tengo una hija que se llama Sofía y para mi es toda mi vida. A Pittstown, desde que murieron mis padres, no he vuelto a ir. A Andrew no lo veo desde entonces. Ahora Ya sabes mi vida, ¿y tú?, ¿tuviste hijos con Amelia? -preguntó Leila.

-Tengo varios restaurantes en Filadelfia y este, donde estamos, lo acabo de adquirir, y no, no tengo hijos, me hubiera gustado tenerlos si me hubiese casado contigo.

De repente hubo un gran silencio, ya estaban terminando el postre cuando Leila se levantó, y se apoyó en la barandilla que daba al mar. Philips fue junto a ella, comenzaba anochecer, las primeras estrellas comenzaban a parpadear y Leila pensó: No sé si es real lo que me está pasando o es un sueño, pero estoy aquí, y Philips a mi lado. En el instituto me enamoré de él, ¿quién no lo estaba?, ese era mi secreto. Pero con Christian... conseguí olvidarlo e incluso borré su nombre de mi mente, por eso, no recordé su voz cuando llamó. Aquel amor de adolescencia se quedó dormido y enterrado en el pasado. Y ahora... ahora que nos hemos encontrado, se han despertado aquellos sentimientos olvidados y estamos aquí, juntos, contemplando el mar, el cielo estrellado con esa luna llena reflejada en el agua. Y Nueva York... tan iluminado; esta una imagen nuca la olvidaré. Los recuerdos adolescentes han vuelto con las mismas sensaciones que sentía en aquella época cada vez que lo veía. Qué sorpresa me has dado Philips al confesarme los sentimientos que tenias por mí. Cómo es la vida...Tomamos rumbos diferentes, sin embargo, nos ha unido.

Mientras Leila estaba absorta en sus pensamientos, Philips la agarró por la cintura y la giró hacía él, la cogió de las manos y mirándole a los ojos, le dijo:

-Siempre he tenido la esperanza de encontrarte, llevo demasiado tiempo esperando para cumplir mi deseo. He cambiado, no soy aquel muchacho del instituto. Tú, sin saberlo, me transformaste en otra persona. Aún somos jóvenes, nos queda mucho por vivir y quiero hacerlo contigo; hemos perdido demasiado... y lo podemos recuperar. ¿Aceptas casarte conmigo?

Leila, en ese momento, no supo qué decir, todo iba demasiado rápido. Después de pensarlo durante unos instantes, respondió:

-De momento, preferiría conocerte mejor. ¿Estás de acuerdo?

-Perdona, llevo tanto tiempo... deseándolo que, con la emoción de encontrarte, me he precipitado; y sí, estoy de acuerdo.

Autora: Begoña Lisón Nuez


Las flechas del amor


                                                                                                  Autora :Begoña Lisón Nuez 

La pasión solo estaba dormida

Era verano, y los niños estaban ya en el campamento. Iba a ser el primer fin de semana que estarían solos desde hacía tiempo. Ese viernes, Iria salió antes del trabajo y decidió preparar una cena romántica.« Hasta las ocho que llega John, tengo tiempo suficiente», pensó

Por el camino a casa, se paró en el supermercado, compró comida y una botella de vino tinto de la marca que a John le gustaba. Al llegar, se sentó en el sofá y gozó del silencio que reinaba hasta que el sonido del teléfono lo interrumpió: Ring, ring.

-¿Dígame? -dijo un poco fastidiada, ya que rompió la armonía del instante que estaba disfrutando.

-Cariño, hoy saldré sobre las siete y como estamos solos, ¿qué te parece si reservo mesa y nos vamos a cenar al restaurante?

La propuesta la cogió de sorpresa y respondió: «Estoy un poco cansada, ¿te importa que cenemos tranquilos en casa?»

-De acuerdo, llego en hora y media -dijo John y colgó.

Iria se puso el delantal, hizo la cena, preparó la mesa con unas velas, y tan elegante como si fuera a cenar fuera de casa. Después se roció con el perfume que a John tanto le encantaba.

Cuando escuchó Iria el sonido del coche de John, apagó las luces, encendió las velas y preparó las copas de vino. Al entrar, Iria le ofreció una copa, este bebió un sorbo y la dejó en la mesa. La miró y cogiéndola por la cintura la atrajo hacia él, y la besó apasionadamente. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Iria, despertando la pasión que había permanecido dormida.

Autora:Begoña Lisón Nuez

Era verano, y los niños estaban ya en el campamento. Iba a ser el primer fin de semana que estarían solos desde hacía tiempo. Ese viernes, Iria salió antes del trabajo y decidió preparar una cena romántica.« Hasta las ocho que llega John, tengo tiempo suficiente», pensó

Por el camino a casa, se paró en el supermercado, compró comida y una botella de vino tinto de la marca que a John le gustaba. Al llegar, se sentó en el sofá y gozó del silencio que reinaba hasta que el sonido del teléfono lo interrumpió: Ring, ring.

-¿Dígame? -dijo un poco fastidiada, ya que rompió la armonía del instante que estaba disfrutando.

-Cariño, hoy saldré sobre las siete y como estamos solos, ¿qué te parece si reservo mesa y nos vamos a cenar al restaurante?

La propuesta la cogió de sorpresa y respondió: «Estoy un poco cansada, ¿te importa que cenemos tranquilos en casa?»

-De acuerdo, llego en hora y media -dijo John y colgó.

Iria se puso el delantal, hizo la cena, preparó la mesa con unas velas, y tan elegante como si fuera a cenar fuera de casa. Después se roció con el perfume que a John tanto le encantaba.

Cuando escuchó Iria el sonido del coche de John, apagó las luces, encendió las velas y preparó las copas de vino. Al entrar, Iria le ofreció una copa, este bebió un sorbo y la dejó en la mesa. La miró y cogiéndola por la cintura la atrajo hacia él, y la besó apasionadamente. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Iria, despertando la pasión que había permanecido dormida.

Autora:Begoña Lisón Nuez